Cuando no sabes nada de los alumnos…

Me hace gracias muchas veces cuando veo en grupos de Facebook de profes o en hilos en otras redes sociales preguntas sobre qué hacer cuando no sabes nada de los alumnos que vas a tener la semana o días siguientes: edad, nacionalidad, nivel, etc. Y digo que me hace gracia, porque esa es mi experiencia general. Tienes el nombre, la edad, pero jamás conoces el nivel con exactitud. Una vez me tocó un grupo de adolescentes irlandesas a las que la coordinadora dividió en dos grupos: suficiente (las que finalmente tuve yo), y notable. No sé por qué intuí que a pesar de que habían estudiado español durante dos años su nivel era un A1 y que debíamos empezar por gustos o acciones habituales, de manera que si el nivel era más alto, podría meter contenidos un poco más complejos, y si era más bajito, pues cruzar los dedos para que al menos pudiéramos trabajar con las acciones que hacían habitualmente o lo que les gustaba hacer. Y llevar mucho material diferente (tarjetas para memory, dados para los verbos, dados de Rory, etc.) para poder “improvisar”…

En otras ocasiones las respuestas son menos frustrantes (a ver, ¿para qué existe el Marco y los descriptores si hay profes que clasifican a sus alumnas de semejante manera?), pero insuficientes. Por ejemplo, les vas a tener tres, cuatro, cinco días a lo sumo, y te piden que hablen, que hablen mucho, y que han visto hasta el Pretérito Indefinido. Sin más indicación. Casi siempre, la realidad es otra.

Así que me he dado cuenta de que, como es bastante complicado conseguir ese tipo de información antes de que comience el mini curso, lo más inteligente es plantear una primera clase ni muy fácil ni muy difícil y preguntar, de maneras diferentes, a los alumnos que conocen muy bien, así así, o quieren o creen necesitar aprender. Ya hablé en otra entrada de la actividad de pre-evaluación del semáforo (adaptada de Encina Alonso) y hasta el momento me ha funcionado muy bien.

 

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Entregas al principio de la clase a cada uno de ellos varias tarjetitas de colores, como las que tienen los semáforos, y les explicas que tienen que levantar una tarjeta de un determinado color en función de cómo se sienten ellos en relación a determinado contenido. Otra opción es entregarles postit de colores diferentes (pueden ser esos mismos colores), y pedirles que escriban y cuelguen en diferentes partes de la clase (en tres paredes diferentes, por ejemplo) 1) tres cosas que piensan que saben hacer muy bien en español; 2) tres cosas que tienen que revisar o mejorar; 3) tres cosas que quieren hacer o repasar durante los días de clase que tengamos. De esta manera, se hace evidente para ti y el resto de la clase los puntos en los que coinciden.

¿Qué hacéis vosotros en situaciones de este tipo? ¿Os ponéis tan nerviosos como yo?

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Charla sobre CCSE + DELE A2

El pasado viernes participé en unas jornadas organizadas por la UCM, en concreto el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura (Español, Francés e Inglés) y Red Acoge. En mi caso, hablé de algunas de las claves relacionadas con el examen de nacionalidad (el CCSE) y el DELE A2, que en la actualidad es un requisito indispensable para todos aquellos no hispanohablantes que quieran obtener la nacionalidad española. Aunque durante la charla sí mencioné la “desconexión” que existe entre el diseño de esta prueba y el público final al que se dirige (población inmigrante, en muchos casos poco familiarizados con una situación formal de examen y una prueba tan COMPLEJA como es el DELE), en la presentación que cuelgo a continuación me limité a mostrar los aspectos técnicos: qué es, cuál es el formato, qué características tienen las tareas que lo conforman, tipo de textos, etc.

¡Tesis TERMINADA!

Pues parecía que no, pero sí, hace una semana conseguí entregar mi tesis. Aunque como todavía me queda defenderla, no siento que haya terminado del todo con esto.

A lo largo de este proceso, largo, unos cuatro años y medio, lo más difícil ha sido precisamente que no veía nunca el final. Y el hecho de vivirlo como un trabajo que tenía que hacer cuando terminaba con mis otros trabajos, que en ocasiones han sido varios al mismo tiempo. Pero sobre todo, más que la falta de tiempo, o de energía, ha sido la soledad. Es un poco difícil de explicar, porque en realidad lo único que tienes que hacer es centrarte, leer mucho al principio, acotar la investigación y ponerte a escribir. Para una persona indecisa como yo pues no ha sido tan sencillo. En cualquier caso, la presión de saber que tenía que terminar ha sido fundamental: no tenía tiempo de pensar si lo que escribía o hacía estaba bien o mal; tocaba tomar una decisión y pasar al siguiente punto, capítulo, etc. Si te encuentras ahora en el mismo momento, sintiéndote un poco fraude o fuera de lugar mi consejo es ese: toma las riendas de tu investigación, acepta que vas a sentirte triste o débil o cansado o poco motivado o lo que sea y tira para delante. TODOS, tarde o temprano, consiguen terminar, sobre todo ahora cuando no existe la posibilidad de alargar esto hasta el infinito (afortunadamente).

Si empezara de nuevo, seguramente lo primero que cambiaría sería la (poca) seguridad con la que en ocasiones he defendido mi trabajo. Me ha costado entender que no se trata más que de un trabajo (importante, vale), con el que tienes que demostrar tu capacidad investigadora. Ni más ni menos. Y cualquiera puede hacerlo en condiciones, si dedicas un mínimo de tiempo y esfuerzo. En fin, como decía solo me queda defenderla y ¡lo más importante!, darla a conocer.

¿Cómo saber lo que saben los estudiantes?

Si me habéis leído un poco sabréis que… estoy obsesionada con la evaluación. Vale, tanto como obsesionada no, pero sí me interesa mucho. Como el semestre pasado, en el curso de formación que di en la UCM puede trabajar varias sesiones sobre la importancia de la evaluación, las fases, ejercicios que podemos llevar a cabo, etc., he aprovechado algunas de las cosas que preparé con mis alumnos de español de los cursos de este verano.

Estas tres primeras las he sacado del libro de Encina Alonso, Soy profesor/a. Aprender a enseñar. Las dos primeras están  clasificadas como ejercicios de preevaluación, mientras que la segunda sería un ejercicio de intraevaluación, pero lo cierto es que creo que todas bien pueden ser utilizadas como preevaluación e intraevaluación.

  1. Semáforo. Lo que hago en este caso es mostrarlos en una diapositiva de PP lo que significa cada color, y repartirles tres tipos de pequeñas tarjetas de cartulina de color rojo, verde y amarillo. Y voy mostrando las preguntas, también en una diapositiva. Captura de pantalla 2016-08-26 a las 16.00.13.png

2. El hexágono, aunque en mi caso siempre lo he hecho como pentágono. Claro, con mis alumnos de español preparé en el PP una serie de preguntas relacionados con los contenidos que vimos durante la semana, de manera que pudiera tener una idea de las cosas que ellos consideraban hacían mejor o tenían que mejorar.

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3. ¡Pulgares arriba!

Captura de pantalla 2016-08-26 a las 16.09.30.png4. La carrera del español. Sé que la he adaptado de algún libro, pero soy incapaz de recordar ahora cuál. Suelo utilizar actividades con un poco de movimiento también para revisar el contenido y, de nuevo, tener un poco claro qué cosas son fáciles para ellos o en lo que necesito insistir más. Organizo la clase de manera que podamos tener espacio para dos sillas: en una de ellas cuelgo un cartel con la palabra verdadero” y en la otra “falso”. Les organizo en dos equipos y les digo que vamos a participar en una competición en la que tenemos que demostrar nuestros conocimientos. Les explico que voy a leer una serie de frases con explicaciones de reglas gramaticales, definiciones de palabras, vocabulario, etc., y que ellos tienen que pensar si son verdaderas o falsas. Preparo un número de frases acorde con el número de alumnos de la clase. Si son 20 por ejemplo, 10 frases para que puedan responder cada miembro del equipo. Si son menos, a lo mejor pueden responder más… Doy a cada persona de los diferentes equipos un número, de manera que salen los números uno a decidir si la frase que escuchan es, en su opinión, como digo, verdadera o falsa. La primera persona que consigue sentarse en la silla gana el punto, pero solo si sabe explicar por qué piensa que es correcta su opción. Normalmente, es el tipo de ejercicio que aprovecho para dar como premio a los vencedores algún dulce o caramelo.

5. Nos podemos sentar si… Es otro de estos ejercicios de movimiento que seguro que utilizáis también. Yo normalmente lo hago antes de comenzar una lección, para averiguar si han trabajado antes el contenido que veremos.

  • Nos podemos sentar si conocemos las formas del Pretérito Indefinido. 
  • Nos podemos sentar si conocemos cómo utilizar las formas del Pretérito Indefinido e Imperfecto en un relato.

6. Ovillo de lana. La primera vez que experimenté una actividad con un ovillo de lana fue en un encuentro de profes en un taller sobre la evaluación. Luego, con el tiempo, descubrí que es un ejercicio que se suele dar con frecuencia en el trabajo cooperativo, encaminado a promover la interacción en el aula y la expresión oral. Podemos lanzar una o varias preguntas relacionadas con el contenido que hemos visto recientemente. El alumno que empieza la conversación sostiene todo el tiempo el hilo de un ovillo de lana. Cuando cede la palabra a un compañero/a, le da también el ovillo, y así sucesivamente. La persona que habla debe aguantar siempre el ovillo, de esta manera, el hilo de lana sigue todas las intervenciones y, cuando acaba la conversación, podemos analizar cómo se ha desarrollado, quién ha intervenido más, y quién lo ha hecho menos veces, a quién se ha dirigido, etc. Me ha servido también con grupos especialmente parlanchines, poco propensos a ceder generosamente los turnos de palabras. El ovillo parecía que les dabas seguridad a los estudiantes más tímidos, y los que hablaban más si querían participar tenían que pedir la palabra y esperar a que terminara la intervención del compañero/a anterior.

7. Me gustan mucho también los de hacerles dibujar caritas ;(, sus emoticonos, elegir entre distintas pegatinas, para expresar cómo se sienten respecto a su aprendizaje y las cosas que conocen. Empecé a hacer cosas de estas cuando vi el material que sobre la evaluación proponían en Gente Joven (manuales dirigidos a adolescentes), y desde entonces los he incorporado a mi práctica.

8. Kahoot!/Quizlet. He de confesar que estoy cansada de Kahoot, y solo lo he utilizado cuatro veces. Me da la impresión de que pasado el efecto sorpresa, que pueden usar el teléfono para concursar con sus compañeros en la clase, no hay mucho más, no es una herramienta a la que se le pueda sacar mucho más provecho. Tal vez la haya cogido manía porque es de esas cosas que de repente las hace todo el mundo y parece que te va a salvar la clase. En fin, estaba pensando en eso esta semana cuando me llegó un mail de Quizlet Live, con enlaces de profes que lo usaban en la clase, y pensé que podría servir como alternativa a Kahoot. Aquí una profe de español en EE.UU. explica cómo lo usa y las posibilidades que tiene para observar el progreso de los estudiantes, aunque sí, las opciones más avanzadas son de pago.

9. Delicioso/Estoy digiriéndolo/Demasiado picante. En un curso de formación de formadores del Cervantes que hice ya hace algunos años el día final del curso nos propusieron un ejercicio de evaluación del curso que me gustó mucho. En este caso relacionaron la evaluación con la comida, y dibujaron distintas ollas en A3 colocados en distintos espacios del aula: la primera era la olla deliciosa, que teníamos que completar con las cosas que más nos habían gustado del curso; la segunda las cosas que estábamos digiriendo; y la última, la que en nuestra opinión estaba demasiado picante. Como metáfora de lo que es una clase de lenguas me encantó y la utilizo de vez en cuando en mis cursos. A veces unos días antes del final, como hicieron los tutores de mi curso, para tener una idea general de cómo se han sentido los estudiantes durante el mismo; otras, en distintos momentos, incidiendo en aquellos aspectos que les están costando más y que probablemente necesiten ser retomados en el futuro.

Sobre la evaluación…

Una vez con el curso ya sí completamente terminado (todo corregido con su correspondiente feedback enviado, notas subidas de manera provisional a la plataforma de la universidad, estudiantes avisados de los plazos de revisión) he estado pensando, de nuevo, en la importancia de la evaluación. Por lo que he visto en el departamento en el que he estado trabajando, los exámenes siguen siendo algo común. La verdad es que no estoy en contra de los exámenes, y prácticamente desde que empecé a trabajar como profesora de español he trabajado en centros en los que eran obligatorios. Sí que creo que los exámenes tienen que reflejar nuestra manera de enseñar, y si nuestras clases son comunicativas, las pruebas dirigidas a nuestros estudiantes deben serlo también. Tampoco pienso que sean la única o la mejor manera de evaluar a los estudiantes y, de hecho, en Madrid, trabajando con Erasmus, lo que he solido hacer hasta el momento ha sido evaluarles de manera continua a lo largo del trimestre a través de tareas diferentes (trabajar en un vídeo en grupos, grabar poemas, escribir ensayos…) y dejar el examen para el final, con un porcentaje similar al resto de tareas. Por una parte, es una manera de trabajar de manera continua a lo largo de estos cursos tan cortos y tan concentrados; por otra, los estudiantes tienen la posibilidad de trabajar de maneras diferentes, sin tener la presión de que al final del curso (de tres meses, recuerdo, que no es nada) tienen un examen con el que se la juegan todo. Vaya, no insisto mucho en esto, porque estoy segura de que los que trabajáis en este tipo de cursos donde los alumnos reciben una certificación lo hacéis de la misma forma.

Este semestre, sin embargo, trabajando con estudiantes nativos, tenía muchas dudas sobre cómo tenía que organizar las posibles tareas, exámenes y demás. Decidí que intentaría en ese sentido seguir más o menos lo que hacen la mayoría de profesores, así que sí, al final de curso había un examen final, que suponía el 60% de la nota final. Como los estudiantes son muy listos, en cada una de las clases, plantearon SUS dudas sobre la conveniencia de un examen teniendo en cuenta cómo se había desarrollado el curso (empezamos las clases un mes más tarde). Y sí, en ninguna de las dos hicimos un examen convencional: en la asignatura más difícil para mí, subí el porcentaje de la unidad didáctica, y el resto lo repartí entre lecturas y asistencia y participación; y en la que he podido estar más tranquila (Didáctica de la lengua no materna), el porcentaje del examen se mantuvo como al principio (50%), pero en lugar de ser yo la que diseñara el examen, fueron ellos los encargados de diseñar el examen con el que ellos querrían evaluar a sus compañeros. Nada nuevo bajo el sol, tengo a compañeras que lo hacen de manera habitual en ELE.

Como estuvimos trabajando la evaluación y su importancia como motor del aprendizaje, me parecía también buena idea que tuvieran la oportunidad de ponerse a pensar cómo querían ser evaluados, o cuál es su idea de un buen examen. También quería que reflexionaran sobre la importancia de la evaluación: el impacto que tiene sobre los estudiantes; la importancia que los profesores tenemos que dar a este aspecto. Cuelgo a continuación la descripción que tenían que hacer de su prueba, y los criterios con los que pensaba corregirlo.

Me han sorprendido varias cosas:

  1. La buena disposición de los estudiantes, que pensaban que podían aprender mucho más de esta manera que memorizando contenido. Insisto en cualquier caso, que sé que los exámenes no solo tienen que servir para que el alumno memorice contenidos, o que hay profes de todos los niveles que hacen exámenes diferentes, donde los estudiantes pueden movilizar todos sus conocimientos y creatividad. Pero me da que no es lo habitual en la universidad española.
  2. Cómo una parte de estudiantes a pesar de lo que dicen (los exámenes no deberían servir para memorizar) han planteado exámenes que sirven precisamente para eso. Creo que es normal. Si no tienes mucha experiencia tiras de lo que ya conoces, y si tu experiencia general es que te evalúen a través de exámenes en los que lo que se espera es que el estudiante fundamentalmente memorice, esa es tu idea de lo cómo será evaluar a tus estudiantes. Por otra parte, me resultaba curioso que pese a diseñar exámenes así, justificaban que uno de los criterios de evaluación para las preguntas de respuesta abierta era la originalidad, la creatividad, y algunos hasta que no copiaran palabra por palabra las palabras de la profesora (los apuntes, vaya, aunque no hayan tomado ni un solo apunte, que está todo en los Power Points). Claro, es un poco difícil atenerte a la teoría y ser creativo al mismo tiempo cuando te preguntan por el constructivismo, o sobre la diferencia entre Piaget y Vigotksy. Pero bueno, pensaba, por ahí se empieza, por esta reflexión sobre los criterios de evaluación, y la intención de querer valorar la capacidad de argumentación y justificación de sus potenciales estudiantes.
  3. Otra parte de los estudiantes, sin embargo, han querido ser mucho más creativos, a veces de manera un poco ambiciosa (actividades muy difíciles, poco contextualizadas, pidiendo a los compañeros en los que pensaban cosas que difícilmente podrían resolver…), y han salido actividades que con un poquito más de trabajo tienen mucho potencial.
  4. Me ha llamado mucho la atención también cómo algunos de ellos defendían que preferían hacer una prueba fácil, para asegurarse no solo de que todos pudieran aprobar, sino para no estresarles. Aquí sí que me he asustado un poco. Creo que la mayoría de nosotros, profes de ELE, hacemos malabares para conseguir que nuestros estudiantes disfruten en nuestras clases, que no se estresen, que participen a pesar de sus miedos a cometer errores… y para ello hacemos uso de actividades, técnicas, estrategias de enseñanza encaminadas a ello. En Madrid, aunque  los estudiantes Erasmus con los que suelo trabajar reciben créditos y una certificación de la universidad, no dejo de ser rigurosa con la evaluación, pero siento que tengo mucha más manga ancha de la que tenía en Hong Kong, por ejemplo, donde el sistema de evaluación de la curva establece de manera muy precisa el número de A+, A, B+, B, etc. Pero, en cualquier caso, creo que los estudiantes tienen que trabajar para aprender una lengua. Y los futuros maestros tienen que estudiar mucho, muchísimo, para poder enseñar a los niños lengua, matemáticas, español… No hay otra manera: aprendemos cuando trabajamos en algo, nos enfrentamos a las cosas. Y en su caso su tarea será de tal responsabilidad que pensar que no es necesario estudiar tanto me parece muy ingenuo. Claro, tendremos que pensar qué es lo que les pedimos hacer, qué tenemos en cuenta a la hora de evaluarles, cómo podemos conseguir que demuestren todo lo que saben y lo que han aprendido, pero trabajar es su responsabilidad también. En fin, en el futuro incidiré un poco más en este punto. Podemos plantearnos clases participativas, en las que los estudiantes cooperan con sus compañeros… haciéndoles conscientes de que para conseguir determinados objetivos el trabajo es importante, y ahí estamos nosotros para acompañarlos.

En fin, creo que el resultado ha sido bueno. Han trabajado más de lo que esperaba, y he podido observar que han ido incorporando muchos de los elementos que hemos visto en estos dos meses escasos. Además, he tenido la oportunidad de leer cómo justificaban sus opiniones y puntos de vista sobre el aprendizaje de una lengua, la evaluación, el papel de los exámenes, etc., algo que de otra manera me hubiera llevado más tiempo.

Enseñar a enseñar: mi experiencia como formadora

¡Terminé el semestre y mi sustitución (aunque me queda corregir)! Después de una contractura en el cuello, dos constipados fuertes y bastantes noches de insomnio en el espacio de dos meses, he conseguido terminar razonablemente bien, o de forma digna. Con una de las asignaturas (Didáctica de la Lengua) ha sido un trabajo tan intenso, que siento que la mayor parte del tiempo he estado sobrepasada por lo que sentía como una responsabilidad ante la que… A ver, ¿es posible preparar un curso de esas características, con lo que implica para los futuros/as maestros/as en dos semanas, e ir a matacaballo intentando terminar como sea el programa previsto? Ha servido en cualquier caso para hacerme pensar, mucho, en nuestro sistema de enseñanza, en la organización de la universidad, en los retos a los que se enfrentan los estudiantes de Magisterio, e intentar sacar el curso adelante como fuera, siendo consciente de que no, no se pueden hacer las cosas así. (Soy una débil, lo sé, pero sufro mucho trabajando así.)

Con la otra asignatura, sin embargo, aunque me he visto en la misma situación (dos semanas para preparar las clases, poco tiempo para reflexionar sobre lo que quería o podía hacer) el viaje ha sido completamente diferente. ¡Mi especialidad! Español como lengua extranjera. Creo que el programa está muy bien pensado (es obra de los profes del departamento), me recuerda bastante a las diferentes asignaturas que tuve en su momento, años ha, en el máster de la Nebrija. Hay un primer bloque en el que se analiza el marco institucional (las escuelas desde el punto de vista lingüístico, las aulas multiculturales y plurilingües) y conceptos básicos como L1, L2, LE, etc. Yo me incorporé en la última parte del bloque, en el que trabajamos con los documentos básicos relacionados con ELE (Marco, PCIC) y las instituciones (IC). A partir de ahí, un repaso rápido (una sesión) al concepto de competencia lingüística; las distintas teorías de aprendizaje y su relación con los enfoques y métodos de enseñanza; la unidad didáctica y la evaluación; y el tiempo que nos ha quedado entre fiesta y fiesta (en mayo ha habido unas cuantas), las actividades de la lengua. Pensé que lo mejor sería intentar que nuestras sesiones se parecieran, en algunos de sus puntos, a como solemos preparar nuestras clases con alumnos extranjeros. Así que había sesiones un poco más densas (con el tema de la competencia comunicativa, por ejemplo), pero siempre teniendo en cuenta que el objetivo final era conseguir una clase en la que hubiera más interacción en un grupo de estudiantes que no se conocían de nada, más participación, y que en la medida de lo posible pudiéramos llevar a cabo distintas actividades en el aula, en las que pudieran analizar material, reflexionar sobre algo que habíamos leído, interaccionar no solo entre ellos sino con el contenido que estábamos trabajando, etc.

Creo que ha sido una buena idea. Por una parte, porque no quiero diseñar clases que sean solo magistrales, no me hacen sentir a gusto, aunque a veces sean necesarias y no abomino de ellas. Pero además es que me parece un contrasentido hablar de conceptos con los que los profes de lenguas estamos más que familiarizados (trabajo cooperativo, clases interactivas y participativas, clases pensadas para cubrir los intereses y necesidades de nuestros estudiantes, por poner algunos ejemplos) y que la realidad del aula no lo refleje. Así que en general siempre empezaba con un precalentamiento con alguna actividad un poco competitiva, o un pequeño repaso que les ayudara a situarse en el contexto de la clase que íbamos a comenzar, y que pudieran ver el sentido de lo que estábamos haciendo. Las clases son tan largas, que hacia la mitad intentaba que hubiera algo un poco más liviano, que exigiera también más participación por su parte, o incluso algo de movimiento, y menos protagonismo por la mía. Y en la parte del final una actividad que cerrara lo que habíamos hecho durante la sesión. Es decir, como las clases que suelo hacer de español, aunque el contenido no tiene mucho que ver, claro.

Por otra parte, pienso que ha sido muy útil el plantear analogías con sus propias experiencias de aprendizaje de lenguas (y de otras materias), con su experiencia, escasa en la mayoría de los casos, como profes. En mi caso, siempre he pensado que hacer este tipo de reflexiones me ha ayudado a crecer como profesora. Cuando empecé a dar clases era una profesora normalita, y no ayudaba mucho el que los estudiantes me vieran mucho más joven que ellos. Pero me lo tomé muy en serio e hice un trabajo de introspección importante sobre la planificación de mis clases, lo que salía bien, lo que salía mal, lo que debía tener en cuenta para las próximas sesiones, lo que quería cambiar. Bueno, lo que sueles escribir en los diarios docentes. Al principio era muy crítica y me fustigaba demasiado, pero poco a poco aprendí a ser más objetiva, y me di cuenta de que escribir sobre mis clases me aclaraba mucho las ideas. También me ayudaba mucho analizar cómo abordaba nuevas situaciones de aprendizaje, el tipo de estudiante que era, qué hábitos o actitudes tenía. En ese momento conseguí definir cuál es el proceso que sigo cuando empiezo como estudiante cursos exigentes, o sobre los que no tengo muchos conocimientos. 1) Empiezo muy contenta porque me encanta hacer cursos, de lo que sea. 2) Me comparo con los demás. 3) Me bloqueo si veo/pienso que los demás saben mucho más que yo. 4) Etapa autocompasiva en la que pido consejo/opinión a personas en las que confío porque pienso que soy lo peor. 5) Supero el bloqueo y consigo sacar algo productivo o decente. 6) Sigo trabajando por mi cuenta, si me interesa, en ello. Y descubrí que en mis clases no todos los estudiantes se enfrentaban a aprender una nueva lengua de la misma manera: están los que se lanzan siempre, los que confían plenamente en ti y hacen todo lo que les pides, pero también los que tienen muchas dudas y miedos, los que se bloquean y son reacios a llevar a cabo según qué cosas en el aula,  etc. Así que de esta manera pude, por fin, conectar todo lo que había estudiado con mi práctica en el aula como profesora con mi visión sobre el aprendizaje y, lo que creo que es más importante, con los sentimientos de mis propios estudiantes.

¿Cosas que me hubiera gustado que salieran mejor? El uso de Moodle. Es la primera vez que lo usaba como profesora y me hubiera gustado emplear muchas de sus herramientas, y no solo como repositorio de los Power Points y lecturas del curso, por ejemplo. Más tareas pequeñitas que les pudieran ayudar a ver de manera más clara el sentido de la asignatura. Más tiempo para pensar, claro. Para pensar yo y para ellos. Pero bueno, estoy contenta con cómo ha salido el curso y con lo que hemos sacado adelante en solo dos meses. Y ahora, tesis de nuevo…

Apps y producción y comprensión oral

Ya he comentado en mi entrada anterior como estos dos últimos meses me he hinchado a preparar Power Points (con lo poco que me gustan…). En fin, este es el que preparé para una sesión que organicé como un pequeño taller en la que vimos algunas herramientas útiles para trabajar la comprensión y producción oral en el aula, en concreto, en el aula de Primaria, pero como veis son fácilmente exportables a nuestras clases con alumnos extranjeros. Algunas de las ideas que aparecen están tomadas de este manual, Mind the App!

Mis apps y suscripciones del semestre

Este semestre he hecho un pequeño desembolso para probar algunas aplicaciones o herramientas de las que hasta el momento solo había utilizado la versión gratuita. La primera ha sido Evernote. La empleo desde hace un par de años, para guardar todo tipo de listas y documentos, sobre todo pdf. Como cada cierto tiempo te avisa de que estás llegando al límite de la capacidad, pues me decidí a pagar la versión premium durante tres meses. ¿Merece la pena? Por casi cinco euros al mes, creo que se me queda un poco grande. Está muy bien tener 10 GB de capacidad, poder convertir tus pdf en presentaciones y, sobre todo, poder hacer anotaciones en las notas y documentos que almacenas, pero poco más. Respecto a las anotaciones, ahora que trabajo con Adobe Acrobat (sin tener que pagar nada), pues he decidido que es el momento de volver a la versión gratuita, que para lo que la uso es más que suficiente. Los que sí hacéis uso de Evernote en la versión premium, ¿ sacáis más provecho de ella? ¿Estáis satisfechos? ¿La usáis con los estudiantes? Recuerdo que hace un par de años no dejaban de llegarme notificaciones sobre cursos de Evernote para profes, pero la verdad es que no conozco a profesores en mi círculo que la usen en sus clases.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

A la que pienso sacar más partido es a esta herramienta para crear infografías, Picktochart. Hasta el momento solo había utilizado la versión gratuita, y siempre que veía el resto de plantillas disponibles para la versión pro me preguntaba si merecía la pena el desembolso. ¡Sí! Por el momento la he utilizado para crear alguna infografía muy sencilla, y crear alguna diapositiva con la que enriquecer los Power Points, que este semestre he producido en serie. Pero este fin de semana, con algo más de tiempo, voy a probar a hacer una presentación completa para el tema con el que me toca trabajar, la comprensión auditiva y audiovisual. En mi caso tengo la cuenta  educativa, que son solo 40 dólares al año, y probablemente la renueve el año que viene, porque me parece bastante útil.

Y por último, la plataforma digital de Difusión. Por el momento estoy disfrutando de unos meses de manera gratuita (estaba suscrita al material de Hoy en clase, y respondí a una encuesta en la que si contestábamos a unas preguntas sobre el funcionamiento de la plataforma te ofrecían el acceso sin pagar durante unos meses), y me está gustando bastante. Primero, porque estos meses apenas he tenido tiempo para plantearme buscar nuevos recursos, materiales, actividades, etc., para mis clases de español, y los deberes que solía plantear en línea (vídeos, sobre todo) necesitan preparación o edición. He compartido distintos manuales con alumnos individuales (Aula Internacional) y quiero trabajar así con otro de mis grupos también. Como estamos empezando, quiero ver exactamente el provecho que puedo sacar a la plataforma para supervisar la actividad de mis estudiantes, de manera que puedan trabajar de manera autónoma las actividades, vídeos o ejercicios interactivos, y yo puedo tener una idea más exacta de su progreso o de las zonas que conviene trabajar más. Por otro lado, me evito tener que funcionar siempre con fotocopias (no les obligo a comprar ningún manual el concreto, en todo caso material de apoyo con el que puedan trabajar fuera del aula). Me gustaría que tuviéramos más acceso a más manuales de los que están en la actualidad disponibles, pero entiendo que es una cuestión de tiempo. Así que de nuevo, con esta, ¡sí!, la recomiendo y cuando termine mi periodo de prueba tengo pensado suscribirme, sobre todo porque veo que puedo sacarle partido con mis estudiantes individuales y mis grupos.

Nueva aventura profesional

El último mes (¡un mes ya!) he estado trabajando en la Facultad de Educación de la UCM, en concreto en el Departamento de Didáctica de la Lengua. Todavía estoy un poco abrumada (más de un poco, pero bueno, dejémoslo ahí) por la cantidad de trabajo que ha supuesto para mí, porque me encargo de impartir dos asignaturas que nunca había preparado antes. En concreto, Didáctica de la Lengua en Primaria, y Didáctica de la Lengua no Materna (lenguas extranjeras). La verdad es que llevo los últimos dos años con cursos un poco exigentes, bien por el nivel de los estudiantes (C1, C2) o porque me ha tocado preparar cursos específicos (historia y literatura) que no había desarrollado antes… pero casi siempre había trabajado con extranjeros, menos en las ocasiones en las que he hecho formación relacionada con redes sociales y web 2.0 (suena antiguo ahora, ¿eh?) en mi centro de trabajo. En fin, que me está tocando cambiar el chip y adaptarme a dar clases a un público completamente diferente, y adoptar un papel distinto al que suelo adoptar en las clases de español.

El problema para mí es que como esto ha sido tan imprevisto muchas veces no tengo tiempo de pensar exactamente cómo me gustaría trabajar con ellos, porque si me concentro en el contenido (y debo hacerlo), no me da tiempo material a reflexionar y tener en cuenta otros aspectos: gestión del aula, de los grupos, de las actividades que pueden hacer fuera de las sesiones, de cómo me gustaría utilizar Moodle… Sigo, al mismo tiempo, como profesora de español, así que no he dejado de pensar en este mes en lo mucho que solemos trabajar y a veces el poco rendimiento que sacamos de nuestro trabajo. En mi caso, porque muchas veces se trata de cursos que yo no he continuado o que duran poco tiempo. Llevo mal tener poco tiempo para poder reflexionar y pensar en mis clases, en ese sentido soy muy lenta y suelo darle muchas vueltas a las cosas. Y llevo peor aún sentir que los cursos podrían salir mucho mejor si las circunstancias ayudaran un poquito. Pero creo que la mayoría de los profesores nos sentimos así, y no se me ocurre nada para cambiar que a veces más que profes seamos picapedreros, que sacamos adelante cosas que ni nos hubiéramos imaginado.

En cualquier caso, aunque cansada, estoy contenta de poder hacer algo diferente y enfrentarme a un reto así, y tengo que asumir con honestidad lo que puedo o no dar de mí. Todavía estoy pensando y tengo que valorar si este es el camino que quiero seguir en el futuro, trabajar en la universidad. Por el momento me queda terminar este año mi tesis, que estará abandonada estos dos meses, porque no me queda espacio en la cabeza, y esto es literal, para pensar en ella.

¡Viva la Escuela moderna!

La escuela moderna a la que me refiero es la inaugurada por Francisco Ferrer i Guàrdia en el año 1901. Hace un par de años vi el documental que incluyo a continuación y decidí comprarme el libro, escrito por él mismo en prisión, sobre los postulados de la escuela moderna y su propuesta pedagógica, científica y racional, laicista, igualitaria y libertaria. Siempre me ha llamado la atención lo mucho que nos empeñamos en envidiar a otros países en el mundo (Finlandia, sí), y lo poco que se suele de hablar de maestros y maestras en nuestro país empeñados en cambiar las cosas. Vale, sí, hay un hombre que, como en esa canción de Astrud, lo hace todo y bien: César Bona.  Sin embargo, no hay más que ponerse a leer los comentarios de los periódicos sobre cualquier artículo relacionado con la educación en nuestro país para conocer de primera mano la idea que tienen muchos sobre la capacidad de los docentes, su formación, la carga lectiva, etc. Imagino que en este sentido las cosas han cambiado poquito: ahora se critica y desvaloriza el papel de los maestros; antes, como le sucedió al mismo Francisco Ferrer, se les condenaba a morir acusados de anticlericales y agitadores.