Internet y libertad

Claro, después de un titular así, tan similar al título de la peli de Ken Loach… Me explico. Hace poco más de un año asistí a unas jornadas sobre internet y revoluciones sociales en el siglo XXI en la Casa Encendida. En esos momentos estaba cursando un máster sobre nuevas tecnologías para educadores, e imagino que mi postura en era de un optimismo desbordante sobre internet y las tecnologías de información y comunicacón. La verdad es que fue en el contexto de estas jornadas en las que, por primera vez, escuché voces discordantes acerca del papel “empoderador” de empresas como Facebook, Twitter, Youtube, etc. Sobre todo después de las noticias que nos estaban llegando desde Egipto, y muy poco después desde España, en las que parecía que nada de eso hubiera sido posible sin la ayuda de la tecnología. Y era la primera vez que escuchaba, también, cómo los activistas de los derechos humanos de países como Túnez, Egipto, etc., habían visto a sus gobiernos hacer un uso perverso de la tecnología para identificar, perseguir y encarcelar, entre otras cosas, a los “disidentes”.

Seguridad y privacidad. Hasta ese momento había aceptado casi casi como un dogma de fe las premisas lanzadas por una compañía como Facebook acerca de la gestión de nuestra identidad. Transparencia. Identidad real. Repetido como un mantra. A pesar de las dudas que también se pasaban por mi cabeza. Yo no soy igual, ni hablo de las mismas cosas, ni me expreso de la misma manera, con mis jefas, con mi madre, con mi pareja, con mis amigos, con mis compañeras de trabajo, con mis estudiantes. Lo cierto es que este es el mensaje que se repite sin cesar por los dueños de determinadas compañías, a pesar de las quejas de los usuarios, porque el empeño es convertir el mundo en un lugar más abierto y conectado. ¿Os suena? ¿Pero qué sucede cuando utilizar tu identidad real supone una amenaza seria para tu vida? En los últimos meses, entre clase y clase y los estudios, mis lecturas se han centrado en gran manera en estas luchas que se están llevando a cabo por el control de internet por parte de gobiernos y empresas de tecnología, y que en la mayoría de los casos pasan bastante desapercibidas para la mayoría de nosotros. Podemos pensar que son cosas que no nos afectan, que en nuestro caso vivimos en países donde los conceptos de democracia y libertad están asegurados, pero ¿pensaríamos lo mismo si supiéramos que lo que compartimos en nuestras redes sociales puede impedirnos en algún momento llegar a ocupar determinados puestos de trabajo, o incluso el despido? Entiendo que como usuarios somos responsables de lo que colgamos, compartimos, escribimos, comentamos, nos gusta o disgusta. Pero de la misma manera, deberíamos tener el control real de lo que queremos que se sepa de nosotros en cada momento, convirtiéndonos en los únicos dueños de nuestra información en internet.

¿Basta solo con pedir privacidad? Hace unos días la revista The Atlantic publicó un artículo muy interesante en el que se ponía de relevancia cómo en todos los debates sobre redes (en concreto sobre el cambio de la política de privacidad de Facebook), se suele olvidar un concepto importante acerca de nuestra seguridad en internet: obscurity, que traduciré por mi cuenta como oscuridad. Oscuridad es lo que nos permitiría mantener nuestra información, nuestra identidad, inaccesible y, por tanto, segura, a salvo de buscadores y sistemas de búsqueda. En fin, me acabo de suscribir a la lista de espera para probar la versión beta del nuevo sistema de búsqueda de Facebook. Y sí, creo que es un debate necesario, interesante, con muchas aristas y que da mucho que pensar.

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Estar hiperconectados nos hace más grandes

Hace unas semanas tuve la suerte de poder asistir a unas jornadas de innovación educativa organizadas por la Universidad Camilo José Cela. Bueno, en el enlace de la página de la universidad tenéis toda la información sobre los tres ponentes (Cristobal Cobo, Dolors Reig y Jordi Adell), así como la temática de sus ponencias. Disfruté muchísimo de las tres, pero la que me hizo pensar más y me revolvió cosas por dentro fue la de Dolors Reig. Tanto, que en mitad de la charla me compré Socionomía en Amazon, y me he pasado estos días leyendo y tomando notas. Me llamó mucho la atención una visión mucho más positiva de lo habitual de nuestra sociedad/realidad posdigital. En concreto, cómo han aumentado la confianza, la tolerancia, la implicación social y comunitaria gracias a la hiperconectividad y el uso de redes sociales. En cualquier caso, lo que me hizo darle vueltas a la cabeza fue la idea de que la red es un monstruo económico que se les ha ido de las manos a los poderosos, hasta el punto de que herramientas en pricipio pensadas para otros fines, han sido apropiadas por los usuarios para hacernos más grandes como personas. Es decir, que lo quieran o no, sirven para conectarnos, evitando el aislamiento, una vía para el empoderamiento y la participación.

Me pregunto cómo conciliar esta idea de una ciudadanía cada vez más formada y conciencida, con gobiernos, instituciones, compañías… empeñadas en poner cada vez más límites y restricciones en la red, controlar lo que se hace y dice en ella. Tal vez sea este el reto de la ciudadanía digital del siglo XXI, las luchas que nos esperan.