Escritura, democracia, compromiso

Este año me está tocando leer y releer y escribir bastante (hola-entrega-de-tesis-casi-inminente-por-fin). Y entre unas y otras cosas he vuelto a uno de los autores de referencia, imagino, para muchos profes de lenguas, Cassany. En concreto, uno de los apartados del primer capítulo de La cocina de la escritura: El estilo llano. En él se explica cómo durante los años 60 y 70 se inició en EE.UU. un movimiento (Plain Language Movement), auspiciado fundamentalmente por las asociaciones de consumidores, de renovación de la redacción en el ámbito de lo público y laboral. Cita como ejemplos paradigmáticos de este proceso de cambio primero un banco, el Citibank, que decidió reescribir los formularios de préstamos. Y algunos años después, el gobierno de Carter, que se propuso como meta hacer más comprensibles todas las regulaciones que se hicieran. Si bien en principio lo que se pretendía era, por una parte, facilitar el acceso a la justicia de los usuarios y, por otra, ayudar a los consumidores a tomar decisiones más informadas, en la actualidad parece que se centra más en los beneficios (rapidez, eficacia, satisfacción de los clientes) que pueden obtener no solo las administraciones públicas, sino las grandes empresas. En definitiva, para poder participar de manera más libre y comprometida en una sociedad, la ciudadanía debe poder comprender los documentos indispensables para su día a día. Como veis, nada que nos haga llevarnos las manos a la cabeza, más bien todo lo contrario.

¿Y qué tiene que ver esto con dar clase de español a extranjeros? La verdad es que últimamente, después de 10 años de trabajo en esto, me pregunto muchas veces qué sentido pueden tener algunas de mis decisiones, actuaciones, pensamientos como profe, y mi vida fuera de las aulas. El hecho de haberme pasado los últimos meses leyendo sobre lengua y habla, discurso(s), etc., desde una perspectiva sociolingüística, me ha hecho replantearme la importancia de nuestro papel. Con la lengua hacemos muchas cosas. Podemos propiciar reflexiones y cambios de la realidad en la que vivimos, hacernos visibles ante los otros y reconocer a los demás. Relacionado con estas ideas, me gusta mucho lo que J.P. Gee dice sobre cómo decidimos representar nuestra identidad, es decir, quiénes somos o queremos ser, y lo que hacemos, a través (aunque no solo) de la lengua. De esta manera, solo deberíamos enfocar el estudio de la lengua si lo hacemos en estrecha conexión con conceptos como justicia e igualdad. Suena bien, ¿verdad? Lecturas así me han ido animando en estos meses de trabajo en soledad y, en ocasiones, un poco sin saber por dónde iba. Me hacen sentir que los que nos dedicamos a esto (profes de lengua y lenguas, traductores…) tenemos una labor muy importante que a veces está muy mal reconocida, a pesar de que nuestro compromiso como profesionales y aportaciones a la sociedad sean enormes.

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