Facebook sí, Facebook no. Privacidad frente a apertura.

Como usuaria, siempre me llamó la atención desde el principio el éxito y la penetración de Facebook como red social. En mi caso, mi llegada a fines de 2007 se produjo en un momento en el que estaba lejos de la mayoría de mis amigos, familia, etc., mientras intentaba hacerme un hueco en el lugar en el que vivía, donde parecía imprescindible formar parte de Facebook para tener algo de vida social. Entonces, aunque no lo sabía, formaba parte ya de una comunidad, en la que existía un vínculo y una conexión (en algunos casos más fuerte, en otras más débil) entre cada uno de sus miembros. Claro, empecé a percibir muchas más cosas. Interactuar en ella me permitía conversar, debatir, dialogar, relacionarme, compartir y, por supuesto, aprender de un flujo de información constante al que de repente tenía acceso.

Probablemente sea esta la característica más importante respecto a esta y otras redes sociales: el hecho de que funcionen como una plataforma en la que el contenido es creado, editado y distribuido por nosotros mismos, los usuarios, con la única retribución de mantenernos en contacto, de sentirnos conectados. En este sentido, ejemplifica mejor que ninguna otra red social, gracias a su popularidad, el concepto acuñado por Henry Jenkins de convergencia, o la relación que se establece entre convergencia de medios, cultura participatoria e inteligencia colectiva. La convergencia tiene que ver tanto con el flujo de contenidos, aplicaciones e información entre distintos medios o plataformas, como con la que se produce en las mentes de los usuarios a través de nuestras interacciones sociales con otros. ¿Qué quiere decir exactamente esto? Si antes era un pequeño grupo de profesionales quien creaba el contenido que el resto consumíamos, ahora somos todos, usuarios amateurs, no profesionales, quienes producimos y compartimos lo que nos interesa, expandiendo con ello no solo la información sino el conocimiento.

Este cambio de paradigma tiene implicaciones evidentes en la forma de abordar el aprendizaje. Recordemos las palabras de Marc Prensky cuando afirma que deberíamos centrarnos en enseñar en nuestras aulas lo real, frente a lo relevante. Y lo real significa entender y asumir entre otras cosas que la tecnología y las herramientas de comunicación como Facebook pueden ser por un lado un acicate para la creatividad y el aprendizaje y, por otro lado, permiten situar en una misma posición de importancia a estudiantes y profesores. En defintiva, conseguir que relacionen lo que enseñamos con su habilidad para emplear con éxito ese conocimiento en el mundo real, fuera de las aulas. Esto no significa desvalorizar el papel del docente en el proceso de enseñanza-aprendizaje, pero sí la asunción de un cambio profundo y dramático en nuestras tareas y funciones, relacionado sin duda con la irrupción del papel de los aprendizajes en contextos informales. El aprendizaje informal tiene lugar en cualquier sitio y momento. No está prescrito por ningún programa o currículo. No hay evaluaciones ni certificados que lo documenten. Se produce a través de la observación, de la experiencia, de la conversación con amigos, compañeros, etc. Tiene en gran consideración el elemento social: se aprende actuando, interactuando con los que nos rodean y con nuestro entorno. Es decir, lo que hacen a diario nuestros estudiantes, seres permanentemente conectados.

¿Todo es positivo? Probablemente el que haya sido siempre el talón de Aquiles de Facebook sea una peculiar relación con la privacidad, que emanaba directamente de la filosofía que ha parecido dominar en muchas ocasiones cada uno de sus pasos: una transparencia total y absoluta. Filosofía que daba a entender que debía existir una relación coherente entre lo que se hace en nuestra “vida real” y lo que se dice o cuelga en el muro de nuestro perfil de Facebook. Sí, navegar en Internet, las consultas a través de Google, las actualizaciones de estado en Facebook no son actividades anónimas. Como usuarios tenéis derechos, pero también responsabilidades, parecían decirnos. En este sentido, podemos decir que la tecnología ha transformado el concepto tradicional de esfera privada, al permitirnos gestionar nuestra presencia en la red, nuestras comunicaciones, nuestra manera de presentarnos ante el mundo. Sin embargo, esta posición se ha visto en cierta manera desacreditada con el nacimiento de redes sociales como Google +, más respetuosa, flexible y, de algún modo, adulta respecto al concepto de privacidad. De esta manera, a partir del verano de 2011 (aunque no era la primera vez que se hacían cambios en esta dirección, sí ha sido una de las más importantes) empezaron a permitirse cosas que hasta el momento no podíamos llevar a cabo en nuestros perfiles: 1) seleccionar con quién compartimos la información que vamos publicando en nuestro muro, en lugar de hacerlo con todo el mundo; 2) aceptar o rechazar el etiquetado (las famosas tags) que otros usuarios hagan de nosotros en una foto; 3) comprobar cómo ven nuestro perfil otros usuarios; 4) en caso de habernos equivocado al asignar una actualización de estado a un grupo o amigos concretos, modificar quién puede verlo después de haber sido publicado; 5) etiquetar a personas, grupos, páginas, aunque no formen parte de nuestros contactos de Facebook, ya que ellos a su vez tienen la posibilidad de aceptar o rechazar ese etiquetado.

Llama la atención, en cualquier caso, cómo algunos de los principales inconvenientes asociados a Facebook en relación a su uso con estudiantes sea precisamente la falta de privacidad. Si bien es cierto que gestionar nuestro perfil ha podido resultar en ocasiones complicado, y no alejado de polémicas, la configuración de la privacidad de los grupos ha sido siempre bastante más clara y sencilla, al permitir elegir quién puede ver el grupo y lo que los miembros del mismo van publicando en él. Son tres las opciones de visibilidad: 1) grupos abiertos, en los que cualquier usuario de Facebook puede ver el contenido y pedir unirse a él; 2) grupos cerrados, en los que los usuarios de Facebook pueden ver el nombre y quién pertenece a él, pero no sus publicaciones. Asimismo, solo podrán ser miembros de ese grupo al ser aprobada su solicitud; y 3) grupos secretos, grupos que ni aparecen en los resultados de las búsquedas, ni permiten a los no miembros ver el nombre del mismo o la lista de los que pertenecen a él.

Lo cierto es que yo no recomendaría organizar una clase, un curso, un grupo de alumnos, a través del perfil personal del profesor o profesora, para evitar difuminar las barreras entre vida profesional y personal, pero sí a través de un grupo o incluso de una página . Sí, las páginas son abiertas y por tanto el contenido de la misma disponible para todos y cada uno de los usuarios de Facebook. ¿Puede ser esto un problema? Generalmente, cuando hablamos de redes sociales hay determinadas acciones que nos vienen inmediatamente a la cabeza: relacionarse, conectar, intimar, comunicar, investigar, aprender, divertirse… y dos de las que considero más importantes, compartir y colaborar. Me pregunto si en estos momentos tiene sentido encerrar a nuestros estudiantes en entornos de aprendizaje cerrados, como puede ser el de plataformas de aprendizaje tipo Moodle, WebCt, etc., en lugar de abrirles a espacios conocidos, familiares, populares y de fácil acceso. Tal vez este sea el reto que podamos plantearnos para el futuro más cercano los docentes.

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